martes, 2 de marzo de 2010

LA UNIDAD ALEMANA

La unidad alemana
La guerra con Dinamarca
La cuestión de los ducados daneses sirvió para proporcionar el primer pretexto para que Bismarck impusiera sus puntos de vista "pequeñoalemanes" en beneficio de Prusia. La causa del nacionalismo fue en él un instrumento de una política de engrandecimiento de Prusia en el seno del mundo alemán, lo que suponía necesariamente la exclusión de Austria. Esto se venía viendo desde comienzos de los sesenta, aun antes de la llegada de Bismarck, cuando se frustraron diversos intentos de reformar la Confederación Germánica y Prusia volvió a poner sobre el tapete la solución "pequeñoalemana". La propuesta hecha por Austria, en febrero de 1862, se encontró con una firme oposición prusiana y Bismarck también impidió que Guillermo I acudiese a la conferencia de príncipes que los austriacos convocaron en Francfort, en agosto de 1863. En ella se aprobó la iniciativa austriaca de realizar la unificación de los Estados alemanes por consenso, y mediante una dirección colegiada. Hubiera sido una fórmula "granalemana", que habría asegurado la hegemonía austriaca, pero Bismarck rechazaría posteriormente las conclusiones de la conferencia, exigiendo igualdad de estatus con Austria y una Asamblea elegida por sufragio universal. Su postura fue recibida con sorpresa e indignación por algunos convencidos nacionalistas, pero Bismarck trataba tan sólo de salvaguardar los intereses prusianos. En el caso de los ducados daneses de Schleswig, Holstein y Lauenburgo, la cuestión se planteó como consecuencia de diferencias en las leyes sucesorias, que justificaban las demandas del duque de Augustenburg frente a Christian IX (sucedería en noviembre de 1863 a Federico VII como rey de Dinamarca), y también como consecuencia del debate sobre el papel que los ducados habrían de tener en el conjunto de la Monarquía danesa. Las tensiones se habían prolongado durante toda la década de los cincuenta, alentadas también por el nacionalismo danés y hasta por un cierto movimiento "panescandinavista". La crisis estalló en 1863 cuando los daneses tomaron la decisión de poner a Schleswig bajo la misma Constitución que el resto de Dinamarca, lo que provocó la protesta de la Dieta de la Confederación y la amenaza de intervenir por medio de los Ejércitos de Austria y Prusia. La decisión danesa coincidió con los difíciles momentos del cambio dinástico, mientras que la situación originaba en Alemania un estallido nacionalista que pedía a la Dieta el reconocimiento de Schleswig-Holstein como miembro de la Confederación y la inmediata intervención militar contra Dinamarca. Bismarck, que pronto apreció las ventajas de la anexión de los ducados, porque significaba la incorporación de la importantísima base naval de Kiel y el acceso al Mar del Norte, trató de maniobrar prudentemente. En enero de 1864 pactó una alianza con Austria que preveía una acción militar conjunta contra Dinamarca, a la vez que establecía que ambas potencias decidirían por mutuo acuerdo el futuro de los ducados. Aunque mirado con recelo por el rey Guillermo, Bismarck había conseguido que Austria trabajara en una línea favorable a Prusia -Bismarck llegaría a decir que Prusia había alquilado a Austria-, a la vez que impedía que Austria utilizase la crisis para provocar algún movimiento diplomático antiprusiano. La presión de los liberales nacionalistas, que pretendían la ocupación de los ducados y la entronización del duque Federico, estuvo a punto de poner en peligro los planes de Bismarck, que decidió actuar inmediatamente, aun sin el respaldo de la Dieta. A lo largo de 1864 se alternaron las gestiones diplomáticas con las acciones militares y, en octubre, Dinamarca cedía los ducados. Los intentos de Austria (conde Mensdorff) para contrarrestar el auge prusiano estableciendo unos ducados independientes fueron neutralizados por Bismarck que, con ocasión de una reunión de Guillermo I con Francisco José en el balneario de Gastein, consiguió que se firmase una Convención (14 de agosto de 1865) por la que Austria se encargaba de la administración de Holstein, mientras que Prusia se encargaba de la de Schleswig, compraba el ducado de Lauenburgo, y se hacía cargo de bases militares y navales en Holstein. La Convención pudo entenderse como un parón a las apetencias anexionistas prusianas, que fue aceptado por Bismarck porque tal vez no estuviera completamente seguro de la capacidad militar de Prusia en un futuro conflicto, pero significaba, en todo caso, una indudable ganancia territorial y el previsible conflicto con Austria sólo quedaba pospuesto. De momento, Bismarck prefería asegurarse de sus apoyos internacionales para el momento en que llegase ese conflicto.
Guerra austro-prusiana
La entrevista de Napoleón III con Bismarck en Biarritz, en octubre de 1865, fue abordada por el canciller prusiano con la pretensión de que Francia se mantendría al margen de un previsible conflicto austro-prusiano, mientras que Prusia se comprometía a apoyar a Italia para conseguir la anexión de Venecia. Napoleón, por su parte, aceptaba estos planteamientos con la convicción de que un conflicto que presumía habría de ser largo le brindaría la oportunidad de actuar de mediador en los asuntos alemanes y, posiblemente, de conseguir algunas ventajas territoriales. Por otra parte, el emperador francés se comprometió a mediar ante los italianos para que llegasen a un entendimiento con los prusianos, lo que se consiguió con la alianza ofensivo-defensiva contra Austria firmada en abril de 1866. Si a esos acuerdos se suma la previsible inhibición del Reino Unido y Rusia ante un futuro conflicto, se podría decir que el camino para la intervención prusiana había quedado despejado. La situación comenzó a deteriorarse desde finales de abril, cuando fracasaron los intentos de evitar la movilización de ambas potencias, y después de que Prusia hubiera presentado un plan de reforma de la Confederación Germánica que era una nueva maniobra política para excluir a Austria del mundo germánico, a la vez que daba satisfacción a las aspiraciones de los elementos nacionalistas. Austria trató de contraatacar, en los primeros días de junio, apelando a la Dieta de la Confederación en torno a la cuestión de los ducados daneses, pero esa fue la ocasión para que Prusia declarase que no reconocía ya a la Confederación Germánica, y para iniciar las hostilidades contra Austria y sus aliados (Sajonia, Hannover y Hesse-Kassel). Aunque muchos pensaron que la guerra sería larga y se decantaría del lado austriaco, los hechos fueron muy diferentes. La derrota italiana en Custozza (24 de junio), con el desbaratamiento del segundo frente querido por Moltke, tampoco resultó decisiva. Por el contrario, la movilidad de tropas prusianas, como consecuencia del aprovechamiento de la red ferroviaria, resultó decisiva para la obtención de una victoria concluyente en Sadowa (Königgrätz) el día 3 de julio. Las noticias de Sadowa fueron recibidas en París como una derrota que amenazaba la misma seguridad francesa, pero Napoleón optó por iniciar tareas de mediación que le había pedido Austria, que también servían para rehabilitar la posición internacional de Francia. Consecuencia de estas gestiones fueron los acuerdos preliminares de paz, firmados en Nikolsburg el día 26 de julio, por los que se declaraba disuelta la Confederación Germánica y Austria se comprometía a no intentar restablecerla, lo que equivalía a reconocer su exclusión del mundo alemán. Se creaba la Confederación de la Alemania del Norte, bajo la dirección de Prusia que anexionaba los ducados daneses, Hannover, Hesse-Kassel, Nassau y Francfort. Por otra parte, se reconocía la independencia de los Estados al sur del río Main (Baviera, Baden, Württemberg y Hesse-Darmstadt), a los que se respetaba el derecho a formar otra confederación. Todos estos extremos se confirmarían en la Paz de Praga, que se firmó el 23 de agosto. Por parte de Bismarck, la aceptación de estos acuerdos estaba encaminada a refrenar las exigencias de su rey y sus generales, empeñados en infligir un castigo humillante al imperio austriaco. Bismarck, por el contrario, no quería una Austria humillada y prefirió dejarla intacta en sus territorios. Napoleón, por su parte, no obtuvo los fines que pretendía con su mediación diplomática. Sus apetencias sobre territorios alemanes de la orilla izquierda del Rin, que fueron reveladas por el propio Bismarck, sólo sirvieron para que los Estados del sur se apresuraran a aceptar las alianzas militares que les ofrecía el canciller prusiano. Francia puso entonces sus ojos en Luxemburgo y en Bélgica, lo que no pareció inquietar a Bismarck, que habló despectivamente de las propinas que pretendía el emperador francés. Como vieron algunos contemporáneos, la posibilidad de un gran Estado alemán, que agrupase a todos los Estados alemanes en el centro de Europa, parecía haberse esfumado definitivamente. La nueva entidad política tendría su centro en Berlín, mientras que el Imperio austriaco tendría que recurrir a la fórmula de la Monarquía Dual, que implicaba el desplazamiento de su centro de gravedad hacia la zona de los Balcanes.
Confederación de Alemania del Norte
Mientras se desarrollaban estas negociaciones diplomáticas, Bismarck ponía las bases de un nuevo Estado "pequeñoalemán" que era un innegable avance en el camino de la unificación. Así lo entendieron algunos liberales nacionalistas que optaron por la política realista de apoyar la gestión de Bismarck que, en septiembre de 1866, consiguió la aprobación de una ley por la que se sanaba la exacción ilegal de impuestos que el Gobierno venía haciendo desde 1862. La Unión Nacional (Nationalverein) se disolvió en octubre de 1867, mientras que los liberales moderados, de dentro y fuera de Prusia, fundaron el Partido Nacional Liberal (J. Miquel, R. Bennigsen), comprometido con la política de Bismarck. La sesión constitutiva de la Dieta de la Confederación de la Alemania del Norte, elegida mediante sufragio universal, se celebró el 24 de febrero de 1867 y, a mediados de abril, existía ya un proyecto constitucional que fue sometido a la consideración de los príncipes y gobernantes de los 23 Estados que componían la Confederación.En dicha Constitución se contemplaba que los Estados que componían la Confederación serían soberanos en materia de finanzas, justicia, culto y enseñanza, mientras que correspondían a la Confederación el Ejército, la Marina, la política exterior, las aduanas, los correos, la moneda, y la legislación comercial, civil y criminal. El poder ejecutivo se concentraba en la presidencia, que sería desempeñada por el rey de Prusia con carácter hereditario, y que ejercía el poder a través de un canciller que sólo era responsable ante él. El presidente era el único responsable de la política exterior y comandante supremo del Ejército. Tenía también la iniciativa legal y la capacidad de convocar y disolver el Parlamento (Reichstag).El poder legislativo era ejercido en dos instancias. De una parte, existía una Cámara de representación de los Estados que componían la Confederación (Bundesrat), en proporción a la población de cada uno de ellos. Prusia, que contaba con 17 de los 43 miembros que componían la Cámara, tenía la capacidad de bloquear cualquier decisión que atentase a sus intereses. La otra Cámara (Reichstag) estaba compuesta por 2,97 diputados elegidos, mediante sufragio universal, por el conjunto de la población, aunque sus competencias eran muy limitadas, especialmente en materias presupuestarias. Bismarck supo utilizar esta Cámara para contrarrestar las actitudes particularistas que pudieran manifestar en el Bundesrat los representantes de los príncipes. Por otra parte, también se establecieron mecanismos para que los asuntos que concernían a la Unión Aduanera, renovada en estos años, fueran tratados en organismos parlamentarios (Zollparlament) en los que coincidían los Estados miembros de la Confederación con los que no lo eran. Suponía otra forma más de avanzar en el desarrollo de la conciencia unificadora.La nueva Constitución entró en vigor el primero de julio de 1867, después de ser aprobada por un amplio margen, y Bismarck se convirtió en canciller de la nueva Confederación. Los Estados del norte de Alemania vivían una situación de efervescencia política, en la que la meta de la unificación parecía al alcance de la mano. No había otra amenaza en el horizonte que los recelos franceses frente al súbito fortalecimiento prusiano y su afán de conseguir algún enriquecimiento territorial que fuese demostrativo de una hegemonía internacional que estaba en entredicho.
La guerra franco-prusiana
El mariscal Bismarck, que no quería humillar a Francia y que sabía que la Confederación no estaba en condiciones de afrontar una guerra, brindó la posibilidad de una conferencia internacional, que se reunió en Londres en mayo de 1867, para abordar la cuestión planteada por las apetencias francesas sobre Luxemburgo. El resultado, sin embargo, fue muy decepcionante para Francia, ya que el gran ducado quedó en manos del rey de Holanda, a la vez que se ratificaba su neutralidad. Este fracaso acentuó los deseos franceses de revancha, que le llevaron a buscar la alianza de Austria y de Italia. Napoleón III y el emperador Francisco José se reunieron en Salzburgo en agosto de 1867, y en el otoño siguiente se produjo un cruce de correspondencia de los soberanos austriaco e italiano con el emperador francés. Los resultados, en todo caso, fueron desdeñables porque Austria empezaba a desentenderse de los asuntos germánicos mientras que Italia imponía la condición, inaceptable para Napoleón III, de la retirada de la guarnición francesa estacionada en Roma. Tampoco encontraban más eco las exigencias francesas en el Reino Unido o en Rusia, que se mantuvieron al margen. Bismarck, por su parte, entendía que la guerra con Francia sería muy útil para fortalecer las tendencias unificadoras en los Estados del sur de Alemania, pero decidió no precipitarse y esperar a que los acontecimientos le brindasen una ocasión propicia. Ésta se produjo en los primeros meses de 1870, cuando el general Prim, enviado por las fuerzas revolucionarias que habían provocado el derrocamiento de Isabel II de España en septiembre del año anterior, visitó al príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern-Sigmaringen, para explorar la posibilidad de que su hijo Leopoldo aceptase el trono de España. Bismarck intervino para forzar una aceptación (19 de junio) que impedía que se trasladase el ofrecimiento a alguno de los príncipes católicos del sur de Alemania y, sobre todo, que pondría a Francia en una difícil situación. La noticia de la aceptación fue conocida en París a comienzos de julio y provocó una enorme excitación de la opinión pública que se trató de aplacar con una declaración que el ministro de Asuntos Exteriores francés, el duque de Gramont, realizó el 6 de julio, según la cual el nombramiento amenazaba los intereses de Francia y no era tolerable. España se mostró dispuesta a aceptar la retirada de la candidatura y, con una discreta presión por parte de las grandes potencias, Antonio de Hohenzollern lo hizo así, con alivio para el rey Guillermo y disgusto para Bismarck, que veía arruinada la oportunidad.El desenlace fue un innegable triunfo diplomático para Francia, y así lo entendieron Napoleón y Emile Ollivier, presidente del Consejo de Ministros. No así Gramont que, bajo la influencia de algún sector de la Corte y de bonapartistas exaltados, pretendió ir más allá y, sin conocimiento de Ollivier, hizo que el embajador francés Benedetti tratara de obtener de Guillermo I un compromiso formal de que no se volvería a plantear la candidatura Hohenzollern. Aunque el rey de Prusia se mostró deferente en las dos entrevistas que tuvo el día 13 de julio con el embajador francés, al que tuvo informado de los acontecimientos, se negó a recibirle por tercera vez, habida cuenta que entendía improcedentes sus exigencias. Así se lo comunicó a su canciller en el telegrama que le remitió a última hora de ese mismo día. Bismarck se dio cuenta que allí tenía la oportunidad que estaba buscando y, después de asegurarse de que la Confederación estaba preparada para la guerra, decidió provocar a Francia y dio a la prensa una información en la que sólo se aludía al rechazo final del rey a recibir al embajador. El texto de la nota redactada por Bismarck decía así: "Con ocasión de que el Gobierno Imperial de Francia fue informado oficialmente por el Gobierno Real de España que el príncipe heredero De Hohenzollern había renunciado, el embajador de Francia exigió, además, de S. M. el Rey, en Ems, la autorización para telegrafiar a París que S. M. el Rey se comprometía a no dar nunca su aprobación para el caso de que los Hohenzollern volvieran a plantear su candidatura. En esa situación, S. M. el Rey rehusó recibir de nuevo al embajador de Francia y le hizo saber, por su ayudante de servicio, que S. M. no tenía nada que comunicarle al embajador". La nota tuvo el efecto deseado y el 19 de julio Francia declaraba la guerra a Prusia para defender su honor, aunque no contase con los apoyos diplomáticos necesarios ni con una superioridad militar efectiva. Ambos aspectos quedarían claros durante las hostilidades, que se prolongaron durante el mes de agosto, hasta desembocar en el desastre francés de Sedan. Los franceses, sin embargo, no capitularían hasta finales de enero del año siguiente.Para los intereses de Bismarck, el conflicto facilitó el clima emocional en el que se hizo posible la unificación entre la Confederación y los Estados del sur. Baden y Hesse-Darmstadt habían manifestado ya su voluntad de integrarse en la Confederación, mientras que Bismarck tuvo que hacer algunas concesiones políticas para conseguir la unión con Baviera y Württemberg. Como consecuencia de esta unión, el rey de Baviera encabezó una propuesta de los príncipes alemanes para que Guillermo I adoptase el título de emperador de Alemania. La proclamación del Imperio se produjo el día 18 de enero de 1871 en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles. Con ella se culminaba el proceso de la unificación política alemana.

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