lunes, 1 de febrero de 2010

EL CONGRESO DE VIENA - LECTURA 1

EL CONGRESO DE VIENA Y LAS ALIANZAS Y CONTRALIANZAS
Enrique Villarreal Ramos
“Hay que proteger los principios de la religión y de la familia en Europa, y la autoridad moral con que la Divina Providencia ha investido a los gobiernos sirve para ese alto propósito”
Metternich
Introducción

Un magno y trascendental evento como el Congreso de Viena, puede ser analizado desde múltiples perspectivas (históricos, económicos, políticos, sociales, relaciones internacionales, jurídicos). En este ensayo imperó el enfoque histórico-internacionalista, en virtud de que nos permite dar una visión general del contexto, la coyuntura, el evento mismo y sus consecuencias .
Así, el objetivo del ensayo es presentar de manera sucinta a: los principales hechos y procesos que condujeron al Congreso de Viena; la atmósfera ideológica que imperaba; los actores involucrados, sus intereses y las alianzas que integraron para la realización de sus propósitos; los acuerdos, tratados y repartos que acordaron; y las consecuencias que se derivaron de los mismos. Finalmente, incluimos una conclusión al tema, y un anexo con mapas.
1. Antecedentes: culminación y colapso de la Europa Napoleónica
Después de que Napoleón Bonaparte se casó con Maria Luisa, hija del emperador de Austria, Francisco I –París, abril de 1810-, se presentó como emperador de la catolicidad, dependiendo directamente de Dios y, por ende, superior al Papa, y con el poder de intervenir en los asuntos de la Iglesia, incluyendo la de convocar a concilios (en el concilio de Paris, 1811, el papa se plegó a la autoridad napoleónica). Este fue uno de los momentos culminantes de la autoridad napoleónica sobre Europa, y con la supeditación de la Iglesia católica, Napoleón intentó fundamentar y legitimar su poder, no sólo sobre espectaculares triunfos militares e importantes alianzas políticas, sino sobre bases religiosas y eclesiásticas, provenientes del Antiguo Régimen, lo que no dejó de ser una traición o una abdicación de sus ideales revolucionarios.
Esta fue una contradicción que minará ideológicamente al régimen napoleónico: por una parte, se justificaba como portador de los ideales revolucionarios –nacionales, liberales, seculares-, pero simultáneamente recurrió a valores tradicionales y conservadores para justificar sus fines imperialistas.
Aunque fueron las contradicciones políticas y económicas, las que producirán los conflictos que provocaron la ruina de Napoleón. Al nacionalismo liberal imperialista, se le enfrentó la reacción nacionalista conservadora en España y Portugal, y luego en toda Europa. Esta contradicción dio lugar a la “ulcera española”, rebelión que minará la hegemonía napoleónica desde 1808, justo cuando alcanzaba su auge.
Hacia 1812, el imperio francés comprendió propiamente Francia, Holanda, Bélgica y el norte de Italia hasta Roma; España, los estados alemanes desde Westfalia hasta Baviera; de Venecia hasta el reino de Nápoles, el ducado de Varsovia, eran reinos vasallos de Napoleón; y los países aliados eran el imperio austriaco y el reino de Prusia. Así, la Europa occidental y central estaba en manos directas de Francia o bajo su hegemonía1.
Napoleón no se conformó con el dominio político-militar del continente, sino que aspiró transformar su estructura económica. En este nuevo orden, Francia (París), quedaba como el centro económico y financiero de Europa, pero dentro de una organización autárquica, proteccionista y monopólica. El bloqueo continental quiso doblegar política y económicamente a los ingleses, quienes conservaron la hegemonía industrial y marítima. Pero la política napoleónica (lo que también comrpendió la aplicación del derecho e instituciones francesas) perjudicó los intereses económicos y políticos, tanto de sus aliados como de los países súbditos. Desde Holanda hasta Rusia se extendió el descontento contra el bloque napoleónico, principalmente porque éste iba acompañado de acciones autoritarias y represivas de Napoleón (como la anexión de Holanda en 1810). Este choque de intereses generó la hendidura del sistema de alianzas napoleónicas, el principio del fin de su imperio, ya que éste se sostenía básicamente por la fuerza militar del caudillo.
El zar Alejandro I tomó la iniciativa de encabezar la resistencia, rompió con el bloque y con Napoleón. Rusia rompió el bloqueo, se alió con Inglaterra, Suecia y Turquí, para luchar contra Francia, “en nombre de la libertad de los pueblos” (pese a que los rusos planearon engullirse a Polonia) y la “libertad de los mares” (no obstante que Inglaterra tenía el control de los mismos). Al desafío, Napoleón respondió con la invasión a Rusia, que, como bien se sabe, fue desastrosa, porque su ejército y su aura de invencibilidad fueron aniquilados, y su imperio se resquebrajó. Una nueva coalición internacional –encabezada por Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia- lo derrota decisivamente en Leipzig en 1813. En ese año, se produjo la invasión de Francia, y en marzo de 1814, el zar y el rey de Prusia entraron triunfalmente a París, se integró un gobierno provisional con Talleyrand al frente; en abril, Napoleón abdicó, y fue confinado a la isla de Elba.
La política napoleónica tuvo la virtud de conjugar en su contra poderosas fuerzas internacionales –como la expansión del mercado mundial, el libre cambio y de los lazos económicos entre las potencias-, así como los intereses políticos de las potencias territoriales europeas –la más fuerte, Rusia-, y las estructuras sociales del Antiguo Régimen que arrastraban aquellas, y que se erigían en un obstáculo insalvable para las instituciones revolucionarias que promovió Napoleón. Empero, las fuerzas – como las nacionalistas e independentistas, por ejemplo en América Latina- que éste desató- y los apetitos imperialistas que avivó, influyeron poderosamente en la reorganización del mapa europeo hecho en Viena.
2. El congreso de Viena (primero de octubre de1814/nueve de junio de 1815)
Las guerras napoleónicas cimbraron Europa y a Occidente, no sólo por la destrucción material y humana que ocasionaron o por la bancarrota económica de vencedores y vencidos o por los desequilibrios geopolítico y geoeconómico provocados, sino porque el Antiguo Régimen –todavía superviviente entre las principales potencias- fue amenazado en sus cimientos políticos, económicos y sociales. De ahí que la ofensiva antinapoleónica, que rebasó lo estrictamente militar, se transformó en una contrarrevolución política, económica y social para reestablecer el equilibrio hegemónico entre las potencias europeas, aunque sustentado en leyes, instituciones e ideologías premodernas. Se intentó retroceder el reloj de la historia.
2.1. La coyuntura: la restauración absolutista
La caída de Napoleón condujo, simultáneamente, a la restauración (donde fue abrogado) o al redespliegue (en los casos donde estuvo sometido o contenido) del absolutismo en casi toda Europa2. Fernando VII, rompió con los liberales, restauró el absolutismo; el régimen aristocrático y continuó la lucha por mantener su caduco imperio colonial. Francia, formalmente era una monarquía constitucional, pero en la práctica, Luis XVIII reimplantó el absolutismo; el primer tratado de París (mayo de 1814) restableció la paz con Europa, y limitó a Francia en sus fronteras de 1792 (incluyendo el Sarre y parte de Saboya, y la devolución de sus principales colonias). En Prusia, el fracaso de las reformas liberales y la difusión del nacionalismo pangermanista y militarista, empujaron a Federico Guillermo III al imperialismo; Austria conservó prácticamente intactas las instituciones del Antiguo Régimen3, se fortaleció territorialmente y como imperio multinacional, fundamentalmente unido en la persona del emperador, Francisco I, quien además ejercía gran influencia en los estados alemanes del sur, y aspiraba a la hegemonía continental.
Rusia, por su parte, continuó como el imperio territorial más grande del mundo (abarcaba tres continentes), como un gran estado autocrático, multinacional, centralizado, señorial, “libertador de Europa” por su triunfo sobre Napoleón, pero, por lo mismo, profundamente temido, por sus aspiraciones, no sólo de plena hegemonía (la que pretendía sustentarse en un “ecumenismo cristiano”), sino de mayor expansionismo territorial. Una vez vencida la amenaza napoleónica, el imperio zarista apareció como el gran enemigo potencial, particularmente para Austria y Turquía, básicamente, porque Rusia deseaba ser la potencia dominante de Europa, aunque, en realidad, los ingleses fueron el gran obstáculo.
Gran Bretaña, era un caso aparte. Fue el país vanguardia de la modernidad, por su desarrollo capitalista manifestado en su poderío industrial, marítimo, comercial y financiero; por su régimen político liberal, que hacia de la división y equilibrio de poderes el paradigma político del mundo (sólo Estados Unidos tenía un régimen más democrático); por su ideología, cuyas banderas eran las libertades civiles, el libre cambio, la libertad de navegación, la soberanía nacional. La revolución industrial, el liberalismo económico, el régimen parlamentario, la fortaleza y flexibilidad institucionales, el poderío marítimo, fueron los pilares para el expansionismo colonial y neocolonial inglés, que le permitieron construir una hegemonía mundial, y erigirse en el factor de equilibrio geopolítico y geoeconómico de Europa. Para ello, resultaba fundamental frenar los apetitos de Rusia, y establecer contrapesos para que ninguna potencia continental dominara Europa. Además, la paz europea, le permitiría a Gran Bretaña atender y resolver otros problemas candentes de la política mundial como en esos momentos era la guerra con Estados Unidos.
Así, cuando se reunieron en Viena los principales países europeos se encontraron unidos en el objetivo coyuntural de reorganizar políticamente al continente, a fin de que la Francia napoleónica y las fuerzas liberales y nacionalistas no fueran de nuevo una amenaza4, y satisfacer sus aspiraciones territoriales, aunque la meta era establecer directrices y acuerdos que generaran un equilibrio geopolítico (la situación de Francia podía ser un elemento desestabilizador) para que la paz, el concierto europeo, no estuviera en riesgo. Por primera vez, en la política exterior europea, aparecieron la paz, el statu quo, la concertación, como valores que debían regir las relaciones intraeuropeas (Europa como una comunidad supranacional), no así con otras regiones –como Latinoamérica- donde eran toleradas o fomentadas las guerras y las salidas autoritarias.
Sin embargo, las rivalidades hegemónicas, las pugnas territoriales y las intrigas diplomáticas, no sólo hicieron difíciles las negociaciones, sino que las pusieron en peligro, particularmente cuando Napoleón regresó a la escena.
2.2. El espíritu de la Restauración: el retorno al principio de autoridad
La restauración implicó el retorno del poder aristocrático-feudal; del orden señorial, de la servidumbre, de los privilegios y fueros de la Iglesia y las corporaciones, por ende, la abolición de las leyes e instituciones liberales, y la persecución de quienes las sostenían, específicamente de los nacionalistas e independentistas. Constituyó una auténtica contrarrevolución, porque significó el retorno del Antiguo Régimen y de los fundamentos ideológicos que la legitimaban. El espíritu que imperó en el Congreso de Viena fue, mas que conservador, abiertamente reaccionario, en tanto que se buscaba dar marcha atrás al reloj de la historia, al resucitar valores e instituciones que la Ilustración s-obre todo la francesa- había enterrado: la autoridad, la jerarquía, lo sagrado y la tradición.
En la atmósfera intelectual imperante, flotaron ideas tales como: 1) el racionalismo y el empirismo ilustrados eran un castigo por “el crimen de la incredulidad” en el principio de autoridad, la religión y los valores tradicionales; se condenó el libre examen y la crítica; el principio de autoridad es incuestionable ya que el poder es de origen divino, proviene de Dios; por ende, el poder del rey es absoluto y prácticamente ilimitado (prácticamente su único límite es el respeto de la Iglesia y de la propiedad de las clases privilegiadas); el Estado es la encarnación del espíritu nacional, la cultura y la tradición; la religión católica proporciona el fundamento valorativo, ya que reverencia la jerarquía, la obligación de la obediencia, la santidad de las tradiciones y de la fe.
El romanticismo se nutrió de estas ideas y, en primera instancia, recordó la nostalgia por una sociedad preindustrial, que restituyera los lazos comunitarios, la armonía con la naturaleza, la comunidad de intereses. La religión y la Iglesia, eran quienes mejor podían plasmar esta ideología, y por ello, las leyes debían protegerlas y promoverlas.
Estas ideas en el plano de las relaciones internacionales, significaron la creación de una Europa como una comunidad supranacional, sustentada en el ecumenismo cristiano y la Iglesia, que equilibre y supedite los intereses particulares de cada Estado. El zar Alejandro I, quien propuso la creación de la Santa Alianza, y el canciller austriaco Metternich, fueron quienes hicieron del Congreso de Viena una auténtica cruzada restauradora.
2.3. Viena: el liderazgo austriaco
En marzo de 1814, el tratado de Chaumont formalizó la alianza por veinte años entre Austria, Gran Bretaña, Prusia y Rusia, no sólo para derrotar a Napoleón, sino para fincar una paz duradera.
Posteriormente, el tratado de Paris (mayo, 1814) previó la reunión de un Congreso en el que se discutirían los problemas derivados de la desintegración del imperio napoleónico. El hecho de que se realizara en Viena, reflejaba el liderazgo equilibrador austriaco, especialmente el protagonismo del canciller, el príncipe de Metternich, quien había desempeñado un papel clave en el ascenso y caída de Napoleón. El Congreso, en sí mismo, se constituyó en un parteaguas histórico: probablemente, por primera vez, se reunió en un solo lugar, la crema y nata de los gobernantes europeos, al igual que parte importante de su aristocracia. Evidentemente, a parte del anfitrión, el emperador Francisco I, y su canciller el príncipe de Metternich, personalidades asistentes fueron el zar Alejandro I, el rey de Prusia, Federico Guillermo III, los ministros de relaciones exteriores Lord Robert S. Castlereagh, y Charles Maurice de Talleyrand, de Gran Bretaña y Francia, respectivamente.
Desde un principio, fue claro que la búsqueda de la paz y el concierto europeo únicamente eran propósitos formales, ya que la rapiña territorial y las consideraciones de poder (buscar la hegemonía), fueron el centro de las discusiones del Congreso.



2.4. La lucha por al hegemonía europea: intereses, intrigas, alianzas y repartos:
Los propósitos unitarios de Chaumont fracasaron, por las grandes diferencias entre las potencias, particularmente por el temor de que Rusia se erigiera en la nueva potencia hegemónica.
Esta intención se reveló en el plan del zar Alejandro I para anexionarse Polonia (ocupada militarmente por Rusia al igual que Sajonia), a cambio de dar a los polacos un régimen liberal. Para tal fin buscó como aliado a Federico Guillermo III, a quien le ofreció apoyarlo en sus planes; él rey prusiano quería toda Sajonia, argumentando que su rey había perdido todos sus derechos por su lealtad a Napoleón. El zar aceptó otorgarle al rey prusiano Sajonia como compensación de las provincias polacas que Prusia perdería, a excepción de la región del Pozen. El plan del zar incluyó reconocer que Austria obtuviera Lombardia, el Véneto y Dalmacia del Norte; que Suecia se quedara con Noruega, y en compensación Dinamarca recibiría el ducado de Lauenburgo.
Pero estos planes encontraron una fuerte oposición. Metternich rechazó los objetivos del zar, ya que Austria no estaba dispuesto a renunciar a la parte que del botín polaco, ni siquiera por compensaciones en Italia. Tampoco concordaba con el propósito prusiano de quedar con Sajonia, pues al igual que el plan ruso, ambos planes significaban romper con el anhelado “equilibrio de poder”, es decir, resultaban una amenaza para Austria.
La Gran Bretaña coincidió con Austria en lo que respecta al “equilibrio europeo”, ya que de esta manera quedaba salvaguardado su rol de “fiel de la balanza”, al no existir ninguna potencia con hegemonía total en el continente, y, por ende, se garantizaba la supremacía marítima inglesa. En tal sentido, también se opuso a los planes polacos del zar, pues vío en ello el intento de Rusia por obtener la hegemonía, pero no concordó con Metternich en lo que respecta a Prusia –Castlereagh convino en su fortalecimiento como contrapeso a Austria y Francia- ni tampoco aceptó el expansionismo austriaco en Italia o la intención de mantener a Murat en el reino de Nápoles como lo deseaba Austria.
Por tanto, el objetivo de Austria y Gran Bretaña era frenar a Rusia, aunque tampoco ofrecían un frente unido, dadas sus diferencias con respecto a Prusia. Esta división favorecía a la misma Rusia, pero fundamentalmente a Prusia y a Francia.
Talleyrand llegó a Viena en una posición de debilidad, tanto porque Francia era el país derrotado como porque todavía era percibido como una amenaza para la paz, temiendo que se tomaran medidas drásticas contra su nación. Se presentó como defensor de la legitimidad, del derecho internacional y de la soberanía. Según Talleyrand, “la soberanía no podía ser obtenida por la sola conquista, ni pasar al conquistador si el soberano la cede, a menos que Europa lo disponga”. Con ello, el ministro francés pretendió dar una fundamentación ideológico a la posición de Francia (se le presentó como adalid de los países sometidos) y, políticamente, atraerse a los estados de segundo y tercer orden, y que serían afectados por las decisiones de la tetrarquía triunfante. Así, Francia apoyaría a los estados alemanes contra Prusia, y a los estados italianos contra Austria. Coincide con Inglaterra en demandar la restauración de los Borbones en Nápoles.
Entonces, el objetivo de Talleyrand fue acabar con el aislamiento de Francia, romper la cuádruple alianza (la que ya se estaba desmoronando), debilitar internamente a sus rivales, y asegurarle de nuevo un lugar entre las grandes potencias. Para ello, había que aprovecharse de las divisiones entre las potencias, y su estrategia principal fue respaldar a Austria y a Inglaterra en su oposición a los planes de Rusia y Prusia. Prometió a Castlereagh apoyó de Francia contra Rusia, y el canciller inglés, quien buscaba romper la alianza ruso-prusiana, aceptó que Francia y España participaran en las deliberaciones del Congreso.
La respuesta del zar fue invitar a Talleyrand a integrarse a su alianza con Prusia, y formar un bloque continental contra Gran Bretaña. Pero Francia rechazó la oferta, y decidió formalizar su acercamiento con los austriacos e ingleses, y les propuso un tratado secreto de alianza militar defensiva, el cual fue firmado en enero de 1815, y al cual se adhirieron Holanda, Bélgica, Hannover y Baviera. Con este acuerdo se terminó con el aislamiento francés, se frenó a Rusia, y se alejaba la posibilidad de una nueva guerra, ante las divisiones y tensiones que se daban entre las potencias. No obstante, el equilibrio político del Congreso estaba roto y los debates polarizados en dos bloques: por un lado Austria, Gran Bretaña y Francia, y por el otro, Rusia y Prusia.
.
Ante lo cual, el zar tuvo que negociar, y convenir los siguientes acuerdos (algunos de ellos ya con Napoleón de regreso):
-Federico Guillermo III no recibiría la totalidad de Sajonia, pero si dos quintas partes de Sajonia, y la mayor parte de Renania -incluyendo el Ruhr y el Sarre (lo cual le permitió ingresar a Prusia a Alemania occidental), a parte de la isla de Rugen y la Pomerania sueca
-Polonia: el ducado de Varsovia es absorbido por Rusia, pero Austria y Prusia reciben territorios; Cracovia es declarada ciudad libre. Alejandro I obtiene Finlandia de Suecia, aunque ésta recibe Noruega (que era de Dinamarca).
-Austria recibió Lombardia, Venecia y Dalmacia; Nápoles quedó bajo su influencia ya que repuso militarmente a los Borbones (Fernando IV) en ese reino; el papa recupera territorios de los estados pontificios.
-Se crea el reino de los Países Bajos (unión de Holanda y Bélgica, bajo la soberanía del príncipe de Orange-Nassau, quien también se erige soberano del ducado de Luxemburg);
-Se instauró una Confederación Germánica, agrupando 38 estados, dirigida por una Dieta, de la que también formaban parte Prusia y Austria, aunque sería encabezada por ésta; Dinamarca recibe el Holstein.
-Gran Bretaña incrementa sus posesiones coloniales, al obtener El Cabo y Ceilán de Holanda; Mauricio, Tobago y Santa Lucía de Francia.
-Suiza fue declarada “eternamente neutral y se acrecentó su territorio;
-Portugal recuperó territorios, la restitución de Olivenza y los otros territorios cedidos a España por el tratado de Badajoz de 1801.5
Todos estos acuerdos quedaron asentados en un acta final, “la Carta de la nueva Europa”, de julio de 18156, y fue firmada por Austria, Francia, Gran Bretaña, Prusia, Portugal, Rusia y Suecia. Estos acuerdos fueron un triunfo para Gran Bretaña, ya que se ponía una barrera al expansionismo ruso en Europa, y a Francia, ya que le erigieron barreras al norte y al oeste. Asimismo, Prusia resultó fortalecida económica y territorialmente, al grado que se convertiría en un temible rival de Austria y Francia. Pero, sobre todo, el acta final del Congreso intentó reflejar el concepto de equilibrio geopolítico europeo.
Cuando se estaban finiquitando estos acuerdos, los trabajos del Congreso fueron sorprendidos con una noticia alarmante: Napoleón escapó de la isla de Elba, y hacia una entrada triunfal en Paris (marzo, 1815). Se declaró le declaró fuera de la ley –pese a que Napoleón declaró intenciones pacíficas- y se produjo un recambio en las alianzas: el tratado de Chaumont, y se integró un ejército para combatir a Napoleón. Este prometió un gobierno constitucional (estableció una Constitución liberal) y la paz, e inició un gobierno de cien días. Empero, la cuádruple alianza decidió combatirlo y reunió un ejército de casi un millón de hombres contra un cuarto de millón de Napoleón. Aunque trató de enfrentar a los aliados por separado, los ingleses (Wellington) y prusianos (Blucher), lo derrotaron en Waterloo (junio de 1815). A su regreso a Francia, Napoleón perdió todo apoyo, y de nuevo abdicó. También, nuevamente los aliados entran a París, y en Rochefort, Napoleón se entrega a los ingleses (en agosto lo enviaron a Santa Elena). En julio, Luis XVIII retornó a París, y se produjo al segunda restauración.
Con Francia ocupada por los aliados se renegociaron las condiciones de paz. Prusia fue partidaria de desmembrar a Francia, pero Gran Bretaña y Rusia7 se opusieron ante la posibilidad de generar un nuevo desequilibrio y amenazar la paz. En cambio, si acordaron (segundo tratado de París, noviembre de 1815): reducir a Francia a las fronteras de 1790 (por ejemplo, perdió el Sarre, incorporado ahora a Prusia); una fuerte indemnización como reparación de guerra, y una ocupación militar por cinco años. Como complemento a este tratado, se firmó un protocolo al tratado de Chaumont, que confirmó la cuádruple alianza, y se fijó una cláusula por la cual los países aliados se reunirían periódicamente para asegurar la paz europeas, creándose el sistema de conferencias internacionales.
En esta coyuntura, Alejandro I propuso una liga de naciones cristianas que comprometiera a todos los soberanos a garantizar la seguridad colectiva. El Acta de la Santa Alianza (septiembre de 1815), firmado secretamente por Austria, Prusia y Rusia, dio lugar a una alianza fundada en la idea de la comunidad cristiana , cuyos preceptos –justicia, caridad, fraternidad, amor y paz- debían regir las relaciones entre los soberanos, quienes serían gobernados por Dios. La Santa Alianza aspira a integrar a los estados en una confederación cristiana, bajo el principio del derecho divino de los soberanos, quienes sólo debían responder ante Dios. La Santa Alianza se concibe como un instrumento a fin de cumplir con estos ideales. Pero el objetivo de tal alianza no fue encargado al papa o a otro ministro religioso, sino la idea de Alejandro I era que él se erigiera en el soberano de soberanos, además de que sirviera como un contrapeso a los ingleses.
De gran trascendencia fueron para Europa y el mundo, estos acuerdos, ya que confirmaron la máxima: “las guerras conducen a tratados, y los tratados a guerras”. Pues si bien, el acta final de Viena fue la base del concierto europeo, aproximadamente treinta años de relativa paz europea, dieron pie para el renacimiento de los nacionalismos, tanto revolucionarios como imperialistas.
5. Tratados, reglamentos y otros documentos relevantes

Una de las razones de la importancia del Congreso de Viena fue una serie de documentos acordados por las grandes potencias, especialmente algunos que rebasaron lo coyuntural, y que contribuyeron a conformar el derecho internacional.
El 8 de febrero de 1815 se produjo una “declaración delas potencias sobre el tráfico de negros”. En ella, se condena el tráfico de negros dado que es una práctica “repugnante a los principios de humanidad y de moral universal” y que es una demanda universal su cese, incluyendo de las potencias que poseen colonias, como Inglaterra y Francia, que ya en el tratado de París se comprometieron a terminar con dicha práctica. Empero, tal declaración no establece una temporalidad precisa para la abolición definitiva, ya que “la determinación del tiempo en que este comercio deba universalmente cesar, será objeto de negociación entre las potencias”8
Si bien es un documento relevante, porque implica la introducción de principios y normas que rigen el derecho internacional, tiene el defecto, como señala el maestro Seara, de no estipular procedimientos ni obligaciones precisas a las potencias. Este hecho determinará que dicho comercio continuará floreciendo, particularmente por la existencia de países que mantendrán la esclavitud a lo largo del siglo XIX (como Brasil y Estados Unidos). Esta declaración, además, le sirvió a Gran Bretaña como un “arma moral”, que no era sino un instrumento neocolonialista de condena y presión contra los países esclavistas, a fin de obtener ventajas económicas y políticas.
El reglamento respecto al rango de los agentes diplomáticos (19 de marzo de 1815) pretendió evitar mayores conflictos con respecto a las representaciones diplomáticas. Se introduce una clasificación de los empleados diplomáticos (artículo primero): a) embajadores, legados o nuncios; b) enviados, ministros u otros acreditados ante los soberanos; los encargados de negocios acreditados ante los cancilleres. Asimismo, se establecen sus funciones, de manera que, por ejemplo, se estipula que los embajadores son los únicos que tienen carácter representativo (art.2).
Sobra decir la gran importancia que tiene el establecimiento de reglas para la diplomacia, considerando que ésta cada vez desempeña un rol decisivo en las relaciones internacionales. Empero, “el rompimiento de las reglas” será la regla y no la excepción, sino basta ver el comportamiento de políticos que fueron embajadores y cancilleres como Bismarck, quien se destacó por el manejo maquiavélico de la diplomacia.
El Reglamento para la libre navegación de los ríos (24 de marzo de 1815) retomó el principio de libre tránsito fluvial y marítimo ya establecido en otros tratados previos (como el de Paris de 1814). Concomitantemente con el principio de libre navegación que fija, se encuentra unido el de libre comercio (aunque no se explicite de ese modo). A parte de fijar el principio de libre navegación, Se fijan reglas para que la determinación de derechos, para su recaudación, etc. Con ello se pretendía que la navegación y el comercio no fueran entorpecidos por las políticas arbitrarias ed los países.
Resulta obvia la trascendencia que tienen para el derecho internacional la introducción de los principios de libre navegación y, por ende, de el de libre comercio, ya que uno de los objetivos básicos de quitar obstáculos a las vías fluviales era facilitar el tránsito de personas y mercancías. Del mismo modo, es claro que Gran Bretaña fue la gran beneficiada, dada su hegemonía marítima, industrial y comercial. Sin embargo, en la práctica, continuaron imperando motivaciones de real politik, y no se aplicó el reglamento.
El Acta Final del Congreso del 9 de junio de 1915 (firmada unos días antes de la batalla de Waterloo) es el documento culminante del evento. Establece la organización, por país, del mapa europeo, formalizando los acuerdos anteriormente mencionados, y a parte del acta, contiene una serie de tratados, declaraciones, y otros documentos complementarios. Cabe apuntar que el Acta Final fue firmada por Austria (Metternich), España (no hay rúbrica) Francia (Talleyrand), Gran Bretaña (Clancarty), Portugal (el conde de Palmella), Prusia (el príncipe de Hardenberg), Rusia (el príncipe Rasoumoftski) y Suecia (el conde Carlos Axel de Lowenhielm).
Sin duda, como ya se comentó, es relevante el Acta de la Santa Alianza, aun cuando ésta se aprobó con posterioridad (14-26 de septiembre de 1815) a las sesiones del Congreso, pero según se señaló es un documento que corona los acuerdos anteriores, al dar un fundamento ideológico y reforzar las alianzas, principalmente de las tres principales potencias continentales, Austria, Prusia y Rusia. Aunque, de acuerdo a Seara, el documento es más una declaración de principios que un instrumento con mecanismos de aplicación, es de gran trascendencia, porque, a parte de reforzar el compromiso entre aquellas potencias, fue un arma de legitimación para el intervensionismo de las mismas en los asuntos europeos. Digamos fijó el programa ideológico de la contrarrevolución internacional. A lo cual, hay que agregar, el segundo tratado de París (del 20 de noviembre de 1815), que reestablece o confirma la cuádruple alianza, porque también sustenta ideológicamente a la Restauración, al introducir el principio de legitimidad del derecho de las monarquías absolutistas, y del statu quo internacional, y al comprometer en ello a la Gran Bretaña.

Otros documentos relevantes fueron “la declaración de las potencias sobre los negocios de la conferencia helvética y el “acta de accesión de la confederación suiza” (que fijan la neutralidad perpetua de Suiza, y la aceptación de ésta); el tratado de Austria y los Países Bajos (Austria acepta la cesión de Bélgica a Holanda a cambio de compensaciones italianas); el “acta para la constitución federativa de Alemania” (mantiene la balcanización de Alemania, aunque se le organiza en torno a una dieta presidida por Austria);
El Congreso dejó para después asuntos candentes, que pocos años después hicieron explotar el orden europeo de la Restauración como el relativo al imperio otomano. Es decir, se hizo caso omiso lo relativo a las demandas de servios, búlgaros y griegos.
3. Consecuencias
En la coyuntura inmediata, y en el plano europeo, el Congreso de Viena fue exitoso, porque de los diversos tratados emanó una acción efectiva. Así, el sistema de Congresos, cuyo principal impulsor fue Metternich, acordó intervenciones contrarrevolucionarias que sofocaron a los movimientos que amenazaron el concierto europeo, principalmente el de os carbonarios en Nápoles y el de los constitucionalistas en España. Ambos eran liberales y nacionalistas, y podían despertar otras efervescencias del mismo carácter por toda Europa. Sin embargo, la ocupación militar francesa y el derrocamiento de Riego en 1823 fue el último éxito de la Santa Alianza, ya que la cuestión griega dividió a las potencias, especialmente por los intereses geopolíticos rusos, quienes buscaron aprovechar el independentismo griego para declarar la guerra a Turquía, y obtener territorios o privilegios de ella.
Además, la posición de Gran Bretaña contraria a la intervención de la Santa Alianza en América Latina, sobre todo cuando desde la cancillería Lord George Canning decidió reconocer la independencia de Latinoamérica en 1825, fue también decisiva para el fin de la Santa Alianza y el sistema de congresos emanados del Congreso de Viena.
En un plano estructural, la Restauración fue exitosa en cuanto al retorno de las monarquías dinásticas y absolutistas, pero fracasó en su intento de detener el reloj de la historia, ya que la restauración de las leyes e instituciones del Antiguo Régimen no pudieron frenar los cambios políticos, económicos y sociales de la modernidad. La historia del periodo restaurado (1815-1848) es el relato de revoluciones, rebeliones, golpes de estado, prácticamente todos ellos orientados a liberar pueblos, restablecer naciones o imponer regímenes liberales. Estos movimientos también fueron decisivos para el fin del orden de la Restauración. Además, la fuerza emanada de la revolución industrial, el desarrollo capitalista, el mercado mundial y el colonialismo, implicaron cambios económicos y sociales, tanto al interior como al exterior de las sociedades europeas, que no pudieron ser contenidos por las instituciones del Antiguo Régimen. Las revoluciones de 1848 fueron la consecuencia de todas estas fuerzas y transformaciones.
Conclusión

En muchos sentidos, el Congreso de Viena fue una reunión de tipo feudal. Impero en ella la presencia de soberanos absolutistas y de la aristocracia europea; todos ellos se sentían se arropaban en la ideología del derecho divino de los gobernantes, sólo responsables antes Dios o ante ellos mismos. Se repartieron los territorios de Europa al estilo feudal, sin considerar nacionalidades o la geoeconomía. Intentaron resucitar la antigua comunidad cristiana sustentada en los principios de autoridad, jerarquía, obediencia y caridad, pero al igual que en la Baja Edad Media, el papa pasaba a un lugar secundario. Para los emperadores y monarcas de la Restauración la soberanía radicaba en ellos, e intentaron nuevamente sacralizar al poder político, y restablecer el Antiguo Régimen.
Naturalmente, las consideraciones geopolíticas fueron importantes, pero fundamentalmente se circunscribieron a Europa. Los conceptos de equilibrio y contrapesos políticos, y el concierto europeo, están en función de la correlación de fuerzas en el continente. Si bien Europa era “el ombligo del mundo”, éste era más complejo que las relaciones establecidas entre monarcas. Esto, sin duda, respondía a una visión feudal de la política europea. Gran Bretaña, empero, si poseyó una visión estratégica mundial, y los conceptos imperantes en Viena fueron aprovechados para mantener su hegemonía marítima, industrial y comercial en todo el mundo. Para los ingleses, resultaba fundamental evitar que alguna potencia continental lograra la supremacía, y el “enredijo” territorial que emergió de Viena le fue favorable, pues todas las potencias se contrapesaron o anularon entre sí. Aparentemente, el zar de Rusia también fue consciente que era necesario contraponer un bloque continental como un contrapeso al poder británico. Exceptuando por la alianza coyuntural ruso-británico contra Turquía por la cuestión griega, desde Viena fue evidente que era inevitable que la política europea estaría regida, en gran medida, por al rivalidad entre Gran bretaña y Rusia.
Sin duda, en el Congreso de Viena se tomaron resoluciones fundamentales para la política europea de todo el siglo XIX. Los arreglos territoriales van acentuar, tanto la rivalidad austriaco-prusiana como la austriaco-francesa, al igual que la prusiana-francesa; van promover el auge de los movimientos liberales y nacionales; y, por ende, van a generar las causas estructurales de más revoluciones y guerras, todo lo contrario a o deseado por Metternich y el resto de los restauradores.
Por otra parte, diversos documentos aprobados –como el reglamento de libre navegación- son de gran trascendencia, porque se incorporaron al derecho internacional, y con ello se avanza en el establecimiento de normas imperativas que rijan las relaciones internacionales.
Referencias

1. AUERNHEIMER, Raoul, Metternich, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1942
2. DARD, Emile, Napoleón y Talleyrand, Biografías Gandesa, México, 1958.
3. DROZ, Jacques, Europa: restauración y revolución, 5ª ed., Siglo XXI, México, 1981.
4. FORD, Franklin, Europa 1780-1830, Aguilar, Madrid, 1973
5. GRIMBERG, Carl, Revoluciones y luchas nacionales, Barcelona, Daimon, 1968.
6. PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Barcelona, Ed. Éxito, 1972t.V.
7. POTEMKIN, V.P., et al, Historia de la diplomacia, Grijalbo, México, 1966, t.1.
8. RUDE, George, La Europa revolucionaria, 7ª ed., Siglo XXI, 1985.
9. SEARA VAZQUEZ, Modesto, Del Congreso de Viena a la paz de Versalles, UNAM, México, 1969.

1 comentario:

  1. me parese un poco interesante sobre lo que escribieron pero muy largo

    ResponderEliminar